No hay un acuerdo entre Irán y Estados Unidos, pero cuando cuando se firme no será una victoria para el presidente Donald Trump.

 

Es una guerra que, desde el 28 de febrero, ha dañado gravemente la economía mundial por el cierre del estrecho de Ormuz y el bloqueo del Golfo Pérsico, lugar de tránsito de buena parte del petróleo y el gas que alimentan al planeta.

 

Pese a sus pérdidas militares y en infraestructuras, es Irán quien ha marcado los tiempos de la negociación y quien, con una estrategia bélica asimétrica, ha dejado a Washington empantanado militarmente y con su imagen internacional vapuleada.

 

La cadena de amenazas, anuncios, desmentidos, treguas sucesivas y proclamaciones de dudosas victorias en el campo de batalla lanzada por Trump no sólo no descolocó al régimen iraní, sino que este respondió con tácticas similares y una resiliencia que no esperaban los mandos del Pentágono. 

 

Teherán supo ganar la contienda de la diplomacia, movilizando finalmente a buena parte de los aliados musulmanes de EEUU para buscar un acuerdo, que en realidad dejó en evidencia a una Casa Blanca acorralada, sin otra salida si no quería retirarse con el rabo entre las piernas o desatar una guerra total que podría llevar al planeta al desastre.

 

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